Bueno. Esto tiene que comenzar por alguna parte. La otra noche hablábamos de la culpa (tema que nos ha llevado varios cafés ya), de la trascendencia y demás apegos con los cuales, decías J. que no era posible el Superhombre. Llegar a desprenderse de ellos es el primer paso.
Echándole un poco de cabeza al asunto, se me ocurre que el primer apego al que hay que renunciar, entonces, es la vida misma ¿cómo puedo rechazar la trascendencia si me aferro terriblemente al sol de cada mañana? Para recuperar el presente, la realidad del instante, sería necesario adoptar, en primer lugar, la renuncia de lo que está más próximo. No para entregarlo, sino, precisamente para experimentarlo verdaderamente.
Así las cosas, renunciar a la trascendencia, implica renunciar en mprimer lugar a lo más cercano. Recuerdo entonces a Ciorán: “Si las religiones nos han prohibido morir por nuestra propia mano, es porque veían en ello un ejemplo de insumisión que humillaba a los templos y a los dioses”.
Escupirle a un dios o a un sacerdote su trascendencia por la cara, implica la conciencia de que su futuro importa tan poco como la posibilidad de un presente, al punto de tener lo suficiente entre las manos como para suprimir todo presente, de una manera definitiva.
(sarta de pavadas, pero bueno, había que comenzar ¿o no?)
